sábado, 20 de septiembre de 2008

VISTAS DEL BARROCO



"El Barroco no remite a una esencia, sino más bien a una función operatoria, a un rasgo. No cesa de hacer pliegues. No inventa la cosa: ya había todos los pliegues procedentes de Oriente, los pliegues griegos, romanos, románicos, góticos, clásicos..."

Gilles Deleuze, El pliegue. Leibniz y el Barroco


"No es lo mismo encarnar una forma que plasmarla.Si lo primero es prerrogativa de los escritores elegidos , lo segundo ocurre a menudo, y de manera singularmente destacada, en las laboriosas tentativas de los escritores secundarios."

Walter Benjamin, El origen del drama barroco alemán


En La era neobarroca (1999), Omar Calabrese, retomando la noción de Paolo Fabbri de “estética social”, plantea el concepto de neobarroco como dominante cultural de nuestra era, un tiempo signado por la inestabilidad, el exceso, el cambio y lo polidimensional. El neobarroco no consiste en una vuelta al barroco, sugiere que la cultura de nuestro tiempo obedece a modelos fractales, que se expresan en patrones de producción y recepción que asumen creativamente lo azaroso, lo irregular, lo fragmentario, lo monstruoso, lo excesivo. Basándose en una concepción pendular del devenir histórico, afirma que las distintas esferas de la cultura y el arte oscilan en un movimiento que va permanentemente, de lo Clásico a lo Barroco y de lo Barroco a lo Clásico. Toma de Heinrich Wölfflin la idea de “Barroco eterno”, y considera al Barroco no como un período acotado en el tiempo, sino como un acontecer periódico infinito (lo que vuelve neobarroca a su propia teoría). Esto no significa, explica el autor, una “vuelta” al Barroco entendido como categoría metahistórica. El neobarroco hace referencia al “carácter” de la época en que vivimos, se trata de un “aire” de nuestro tiempo que atraviesa diferentes fenómenos culturales en todos los campos del saber. El gusto neobarroco se define por la búsqueda de formas “en las que asistimos a la pérdida de la integridad, de la globalidad, de la sistematización ordenada a cambio de la inestabilidad, de la polidimensionalidad, de la mudabilidad” (1994: 12). Calabrese pretende buscar las huellas de la existencia de este gusto en diferentes productos culturales: la ciencia, el arte, las comunicaciones de masa, la literatura, la filosofía, los comportamientos cotidianos, etc.
La noción de fractal alude a lo irregular, a aquello que no puede ser medido con exactitud por la geometría tradicional, pues ésta opera con entidades puras (círculo, triángulo, etc.). Se puede vincular con la noción de barroco en tanto la palabra “barroco” proviene tanto del nombre que se le daba a un tipo de silogismo absurdo como del nombre con que se designaba a cierto tipo de perla deforme, que no lograba la plena esfericidad. La idea de distorsión, deformación sintetiza la relación que el barroco guarda con otros estilos pero Calabrase subraya la monstruosidad del objeto fractal:
Los fractales son monstruos especiales de altísima fragmentación figurativa, monstruos dominados de ritmo y repetición gradual no obstante la irregularidad y monstruos cuya forma se debe al azar, pero solo como variable de un sistema ordenado. (1999: 139)
El barroco de Indias exhibió en América Latina los aspectos emergentes de una cultura de la distorsión de lo europeo: en los siglos XVI y XVII se consolida en España el estilo barroco que, según Antonio Maravall, no fue sólo un movimiento estético o literario, sino una ideología de la cultura y una estructura histórica. Dice el historiador español que se está "ante una sociedad sometida al absolutismo monárquico y sacudida por apetencias de libertad" (1980: 11). Como lo trata en detalle, esta sociedad llena de aspiraciones de grandeza y gloria, y al mismo tiempo condicionada por las contradicciones, los desafíos y los fracasos, hizo que muchos percibieran el mundo como una confusión, una calamidad y una desarmonía. Entre otras cosas, esto abrió espacio a tópicos como la desconfianza y el desengaño: el mundo de ayer ya no es el mismo de hoy; todo ha pasado, se ha destruido o desaparecido; las obras humanas son pasajeras y la vida humana misma es breve; tanto, que es superada por otras realidades, finitas también, pero no tan breves. En la metrópoli constituyó, en el marco de una economía dirigida, una instancia para consolidar el absolutismo monárquico.
Frente a este poder, el barroco americano colonial articuló tanto la ideología imperial de la metrópoli como las aspiraciones de libertad de los criollos. Así constituyó una compleja formación de negociación simbólica que se manifestó en una conciencia de la diferencia. La disyunción lengua y habla se instala bajo formas relacionales complejas: asimilación, rechazo, sumisión o soberanía frente a una cultura etnocéntrica. Se produce un ethos que permitió interiorizar la dominación en el ámbito de la vida cotidiana a la vez que lo mantenía como inaceptable y ajeno. Ese ethos, por lo demás, dramatiza el conflicto entre los centros coloniales, como España y Portugal, y las culturas coloniales que, como culturas de frontera estuvieron asediadas por la otredad, más aún, ellas mismas fueron la otredad (Sarduy 1974, Beverley 1997; Moraña, 1994). La colisión de culturas y lenguas, así como de epistemologías e imaginarios, muchas veces inasimilables entre sí, consagró la impureza como marca de la identidad americana y sus procesos de mestizaje e hibridación:
recorre la desigual presencia de España en América Latina, de este a oeste y del trópico al Río de la Plata diseñándose en los modos de una lengua y en las opciones literarias ¿picaresca, épica, psicologismo? Que revelan una multiplicidad de escrituras y que, a su vez, señalan un Continente no en crisis de gestación, sino gestado ya (fijeza: la fijación de la piedra) por la dispersión, el estallido, la constelación (Libertella 1977:12)
El barroco es deformación, la cultura en las Indias se escapa del orden universal para encarnar al monstruo: la marca que deforma el rostro de Espinosa Medrano, la joroba de Ruiz de Alarcón, el trasvestimiento simbólico de sor Juana Inés de la Cruz.
La anomalía del barroco de Indias lo es sólo desde la mirada del poder imperial o bien desde diversas estéticas posrenacentistas. Así, sólo para una mirada clásica, lo barroco resulta excesivo o deforme. Por otro lado, y éste es un punto particularmente interesante, el signo barroco, en tanto que colonial y repetitivo de otro signo con respecto al que se define y se halla ubicado en posición de subalternidad, aunque no puede asimilársele (tal es el signo alegórico), deja un espacio libre entre la alegorización y lo alegorizado, un entre lugar, en el que encontramos el residuo genealógico, virtualmente abierto a innumerables expresiones de la diferencia americana, a modos alternativos de ver: no olvidemos el predominio del régimen visual en el barroco. El barroco debe ser entendido en el marco de las transculturaciones mundiales, que, en el caso de América, comienzan con el descubrimiento y el consiguiente proceso de nomadismo artístico que acompañó a la colonización. Por tanto, interrogarnos por el neobarroco implica que nos preguntemos por la razón que ha llevado a reactualizar y refuncionalizar una estética colonial. Esta recurrencia podría, tal vez, tener que ver con que diversos creadores han asumido lecturas del barroco diferentes a la de Maravall, quien como es notorio se apoya en el concepto de industria cultural de Adorno y Horkheimer, de ahí que entienda el barroco como manipulación relacionada con el Estado absolutista.
Pero el barroco ha sido comprendido también como un artificio útil para corromper la pureza del símbolo (Benjamin 1990) o como función operativa infinita de pliegue entre lo externo y lo interno que constituye la unidad básica de la existencia (Deleuze 1988).
Ilemar Chiampi (1993) formula la siguiente hipótesis: si el barroco fue una manifestación de los efectos de la Contrarreforma, el neobarroco expresaría una contramodernidad. Si el proyecto moderno se manifestó incapaz para integrar lo no occidental, lo diferente en su modelo de democracia nacional y consensual, entonces, retomar el barroco, que fue premoderno, preiluminista y preburgués, parece justamente una lógica operación para revertir esa modernidad que en América Latina jamás cuajó del todo.
Dice Gilles Deleuze que para entrar en el laberinto de pliegues “se necesita una criptografía que a la vez enumere y descifre el alma, vea en los repliegues de la materia y lea en los pliegues del alma” (1989: 11).
Carmen Bustillo, retomando las apreciaciones de John Müller, señala tres aspectos claves en la evolución del concepto barroco:: a). de lo peyorativo a lo elogioso; b). de una evaluación subjetiva general a un conjunto de rasgos específicos; c). de un adjetivo sin referente histórico preciso […] hasta designar la totalidad de la cultura y comprender todas las ramas del arte, ciencias y vida social de la “época” (1988: 32). Así, por ejemplo, desde la obra de Benedetto Croce Storia dell’età barocca in Italia (1929), en la que persiste la imagen de un Barroco imperfecto como contraposición a la perfección renacentista, a la de Heinrich Wölfflin Renaissance und Barock (1888) existe una distancia considerable por la cual esta última se constituye en uno de los pilares fundamentales para la revalorización del Barroco que se ha producido en el siglo XX. Wölfflin no interpreta la progresión del Renacimiento al Barroco como una evolución en el sentido de progreso sino como “la oposición de dos formas de visión, de dos soluciones fundamentalmente distintas, cada una realizada en su propio orden” (Bustillo 1988: 31).
Es posible sintetizar las aproximaciones al Barroco en tres posiciones fundamentales: “una que enfatiza el referente histórico y sociológico; otra que defiende lo tipológico intemporal como la verdadera esencia generadora; una tercera que busca en la evolución de las formas clave para la comprensión del fenómeno” (Bustillo: 41). La primera de estas posturas entiende el Barroco como respuesta a la crisis que sumió al hombre en un estado de inestabilidad permanente y que tuvo que ver, para autores como Arnold Hauser, con el llamado “giro copernicano”. Este desplazamiento de la Tierra desde el centro hacia la periferia del sistema cosmológico, propuesto por Copérnico en 1543, implicó echar por tierra tanto el geocentrismo como el antropocentrismo, ambos propios del período renacentista, y sumergir al sujeto en una condición de profundo desequilibrio social y personal en el que Dios y la palabra representativa son objeto de búsqueda persistente. En este orden de cosas, Severo Sarduy en “Barroco” (1974) y “Barroco y Neobarroco” (1972) se distancia de Hauser cuando propone a Kepler y no a Copérnico como el verdadero revolucionario del conocimiento cosmológico ya que éste último mantiene una visión concéntrica del sistema planetario mientras que Kepler plantea que la figura que describen los planetas alrededor del Sol es la elipse y no el círculo. De esta manera, en lugar de desplazamiento lo que se produce es un “descentramiento”, es decir, un desdoblamiento del centro por medio del cual un lado es iluminado mientras que el otro permanece en la oscuridad aunque tan operante como su doble visible. En literatura descuella en España la figura de Góngora cuyo proyecto creador tuvo ramificaciones en territorio hispanoamericano en una representante excepcional como lo fue Sor Juana Inés de la Cruz.
Antonio Maravall, por otra parte, desarrolla la idea de crisis que estaría en la base del Barroco teniendo en cuenta los aspectos sociales y económicos del siglo XVII europeo. Para este autor, el Barroco es una respuesta al “desajuste de una sociedad en cuyo interior se han desarrollado fuerzas que la impulsan a cambiar y pugnan con otras más poderosas cuyo objetivo es la conservación” (1981: 69). Se instituye, entonces, como “cultura dirigida”, como “operación social tendente a contener las fuerzas dispersadoras que amenazaban con descomponer el orden tradicional” (71). A esta negación de la posibilidad subversiva del barroco, nuevamente Sarduy le contrapone un barroco actual como reflejo estructural de la inarmonía y de la ruptura de la homogeneidad. Un Neobarroco que no constituye propiamente una repetición del Barroco del siglo XVII sino la reapropiación contextualizada de algunos de sus elementos y, consecuentemente, una nueva mirada en torno a las circunstancias en las que está inmerso que permite entrever sus posibles connotaciones críticas y políticas. En contraste con estas perspectivas, la postura de Eugenio D´Ors en Lo barroco (1964) se opone a los conceptos de estilo y de época ya que considera al Barroco como una constante de la naturaleza y el espíritu humano, una esencia universal regida por el ritmo cíclico del eterno retorno y presente en diferentes manifestaciones (Guerrero 1987: 14). La caracterización que hace D´Ors sobre el Barroco como expresión en la que las líneas se entrecruzan, se tuercen o se quiebran, los volúmenes se animan por los efectos de contraste, el movimiento se opone al equilibrio, la armonía y la estabilidad, y las fuerzas de la pasión prevalecen sobre las de la disciplina es lo que le permite encontrar expresiones en todas las fases históricas e instituirlo como un intérprete eterno de aquello que las reglas y la mesura no son capaces de expresar suficientemente. “Siempre que encontramos reunidas en un solo gesto varias intenciones contradictorias, el resultado estilístico pertenece a la categoría del Barroco” expresa D´Ors (29), y su caracterización es tan vaga y su afirmación tan amplia que no se puede menos que afirmar que su teoría es indiscutible pero también inaceptable en tanto se sustenta en la simplificación estética y la despreocupación socio- histórica y política.
Mg. Mónica Cohendoz
Bibliografía:
Benjamin, Walter,
(1990)El origen del drama barroco alemán, Madrid,Taurus,
Bustillo, Carmen
(1988) Barroco y América Latina. Un itinerario inconcluso, Caracas, Monte Ávila, 1996.
Calabrese, Omar
(1987) La Era neobarroca Madrid, Cátedra,
Carpentier, Alejo
(1987) “Lo barroco y lo real maravilloso” en idem: Tientos y diferencias, Barcelona, Plaza & Janés.
de la Cruz, Sor Juana Inés
(1691) “Primero sueño”, en idem: Obras Completas, México, Ed. Porrúa, 1989.
Deleuze, Giles
(1989) El pliegue. Leibniz y el barroco Barcelona, Paidós
D´Ors, Eugenio
(1964) Lo barroco, Madrid, Aguilar.
Guerrero, Gustavo
(1980) La estrategia neobarroca. Estudio sobre el resurgimiento de la poética barroca en la obra narrativa de Severo Sarduy, Barcelona, EDICIONS DEL MALL.
Maravall, José Antonio
(1975) La cultura del Barroco, Barcelona, Ariel, 1981.
Tapié, Víctor- Lucien
(1961) Le baroque, París, Presses Universitaires de France. [Ed. cast.: El barroco (trad. Mariana Payró de Bonfanti), Buenos Aires, EUDEBA, 1981].
Sarduy, Severo
(1974) “Barroco” en Obra completa, Madrid, Sudamericana, 1999.
(1972) “Barroco y neobarroco” en ídem.

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